El Emr-i Bil-Maruf en la Religión
Una de las instituciones más importantes para el sostenimiento del Islam es el “Emr-i bil-maruf wa nahy ‘anil munkar” (ordenar el bien y prohibir el mal). Como señaló Imam al-Ghazali, cada palabra que pronuncia un ser humano es en su contra, excepto cuando recuerda a Allah, ordena el bien y prohíbe el mal. Un creyente que ve errores en su entorno o la transgresión de los límites religiosos está obligado a reaccionar ante ello con sus manos, su lengua o, al menos, con su corazón. Sin embargo, existen reglas de cortesía muy sutiles que deben seguirse al cumplir esta obligación.
Hilm (Suavidad) y Misericordia en el Consejo
Utilizar el orgullo, la ira o un lenguaje degradante al decirle la verdad a alguien o al intentar corregir su error causa más daño que beneficio. Sayyid Ahmed ar-Rifai estableció la medida de compasión en este tema con las palabras: “Actúa con el mandato noble, pero sin tiranía, traición, opresión y orgullo”. Al igual que un médico que trata a un paciente para curarlo, se debe acercarse al pecador con misericordia y amor. Endurecerse al transmitir los preceptos religiosos aleja el corazón de la persona de Islám; por el contrario, un estilo suave y acogedor es como un imán que derrite incluso las piedras.
No Olvidar al Propio Yo
El mayor peligro para quien ordena el bien es no aplicar lo que predica a su propia vida. El versículo: “¿Ordenáis el bien a los demás y olvidáis vosotros mismos?” (Corán, 2) es una severa advertencia para aquellos en esta situación. Un consejero que no actúa de acuerdo con su propio conocimiento es como un médico que escribe una receta para un paciente pero se priva del propio beneficio terapéutico. Un consejo eficaz no se logra con palabras adornadas, sino con el ejemplo de la propia vida (el lenguaje de las acciones). La quietud de aquel cuya interioridad y exterioridad son congruentes, y cuyo carácter es bello, es en sí misma el mayor ‘Emr-i bil-maruf’ para quienes le rodean.

