Clásicos del Sufismo · junio 19, 2026

La Vida Después de la Muerte y el Día del Juicio: La Balanza de las Acciones

Del Hogar Terrenal a la Morada en el Más Allá Uno de los pilares fundamentales de la creencia islámica es la vida después de la muerte, un juicio eterno que comienza tras nuestra estancia temporal en este mundo. Allah, …

Del Hogar Terrenal a la Morada en el Más Allá

Uno de los pilares fundamentales de la creencia islámica es la vida después de la muerte, un juicio eterno que comienza tras nuestra estancia temporal en este mundo. Allah, Exaltado sea, ha hecho del reino material una morada para las almas y ha destinado a cada uno un plazo específico en este mundo. La vida en el más allá comienza con el fin de ese plazo determinado; pues allí no hay posibilidad de aumento ni disminución. Cuando llega la muerte y se cumple el término, el alma se separa del cuerpo y emprende el camino hacia el Día del Juicio, el día terrible en que el individuo verá los resultados reales de sus pruebas. En aquel día, el velo sobre las acciones de la vida terrenal se levanta y el ser humano se enfrenta a la verdad absoluta.

El Mizan: La Balanza Precisa de las Acciones

En el Día del Juicio, los espíritus son enviados de nuevo a los cuerpos para la contabilidad y la recompensa, y se abren a todos los libros registrados por los ángeles Kiramen Kâtibîn mientras estaban en el mundo. Cada acción buena o mala que una persona haya realizado en el mundo le será presentada. La balanza divina establecida para pesar la cantidad de méritos y pecados se llama “Mizan”. Esta balanza no es como las balanzas mundanas; allí, el peso de las acciones se mide según la sinceridad y la piedad en la intención del individuo. Las acciones de los seres humanos serán evaluadas con esta medida espiritual ante Allah, Dueño de la Absoluta Justicia, sin que sufra ninguna injusticia.

El Peso del Derecho Ajeno en el Día del Juicio

Una de las cosas más temidas en el campo de resurrección es el derecho ajeno (ḥaqq al-ʿabd). Incluso si una persona ha cumplido sus actos de adoración a la perfección, la situación de quien ha transgredido los derechos de otros es extremadamente precaria. En aquel gran día de cuentas, se le detiene con el Mizan a su lado; tiene méritos como montañas por las acciones que cometió en el mundo. Sin embargo, en el lugar donde se le detiene, se le preguntará cómo cuidó a su familia, cómo cumplió sus derechos y obligaciones, de dónde obtuvo su riqueza y a dónde la gastó. Se le hace una contabilidad tan minuciosa que las injusticias que cometió en el mundo se cargan sobre su cuello y todos sus méritos se le quitan para compensar esas injusticias. Si no le queda ningún mérito, los pecados de los oprimidos se le imputan. Por lo tanto, la verdadera salvación es poder ir al más allá sin deudas y libre del derecho ajeno.