Alimentarse de los Corazones, no de los Cuadernos
En el camino del sufismo (taṣawwuf), el progreso espiritual no se logra únicamente leyendo libros o acumulando información en la mente; el verdadero conocimiento (ʿilm) se recibe del pecho y del estado espiritual de los sabios rabbaníes que practican lo que saben (Murshid-i Kāmil, el guía espiritual perfecto). ʿAbd al-Qādir al-Gīlānī (que Allah esté complacido de él), proclama esta verdad diciendo: «¡Oh ignorante, suelta el cuaderno de tu mano y ven a mí... El conocimiento se toma de la boca de los hombres de Dios, no de los rincones de los cuadernos». Las enfermedades del qalb (el corazón), el orgullo y la hipocresía oculta del ser humano no pueden ser curadas por conocimientos secos. Para sanar estos males, es imprescindible asistir a la asamblea (sohba) de un médico de la verdad, alguien que haya unido su qalb (corazón) a Allah, haya vencido su nafs (el ego / alma inferior) y hable con el permiso de la Verdad.
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La condición más fundamental para recibir bendición (fayḍ) en las asambleas de conocimiento y de sohba es una absoluta adab (buena conducta), entrega y silencio. El Maestro al-Gīlānī resume así la actitud que debe adoptar el murīd (el discípulo) ante su murshid (el guía espiritual): «Sé bien educado ante tu maestro; que tu estado silencioso sea mayor que tus palabras. Este estado es más beneficioso para lo que aprenderás». Quien, en presencia de su murshid, genera objeciones internas, lo juzga con su limitada razón y se pregunta: «¿Por qué hizo esto así?», no podrá recibir ni una sola gota de la luz curativa de esa asamblea. El verdadero buscador debe dejarse ante el ser humano perfecto como «una prenda sucia puesta para ser lavada», despojándose de su opinión personal.
La Herencia de los que Practican su Conocimiento
Los verdaderos sabios y los walī / awliyāʾ (amigos de Dios) son los herederos espirituales de los profetas en la tierra. Cuando hablan, no lo hacen desde su propio nafs (ego), sino por inspiración divina y por la fuente profética. Sus palabras son como semillas; si el qalb (corazón) del oyente es blando, esa palabra germina y da fruto de inmediato. Quien asiste a estas asambleas, aplica con ikhlas (sinceridad) lo que escucha en su vida y honra a los sabios, con el tiempo se libera de la oscuridad de la ignorancia, su qalb (corazón) revive y él mismo se convierte en un eslabón luminoso de esa grandiosa caravana que guía a otros.

