La Esclavitud del Yo y el Fuego de la Naturaleza
El mayor enemigo que aleja al ser humano de Dios y lo condena a una prisión espiritual es su propio yo. Abdülkadir Geylânî (q.s.) afirma que el yo es como un niño sin razón, ciego y siempre necesitado de disciplina, por lo tanto, debe mostrarle con fuerza el camino que debe seguir. El yo es como un esclavo malvado; solo obedece bajo amenaza de castigo. Si el ser humano le muestra al yo la blancura de sus dientes (una sonrisa), inmediatamente se vuelve mimado y tira la carga de su espalda para dormir. Es imposible que el alma alcance la libertad sin oponerse al yo, atándolo con fuerza y destruyendo sus deseos naturales e impulsos vacíos.
Armas del Yihad: Hambre, Sed y Disciplina
La forma más segura de reformar el yo es no darle lo que desea y mantenerlo bajo una disciplina estricta. Shaykh Geylânî advierte sobre los peligros de satisfacer al yo, diciendo que solo aquel que está absolutamente seguro de que al hacerlo no lo descarriará podrá alimentarlo, y que debe realizar tanto trabajo (ibadah) como come. Esta guerra contra el yo no es una tarea que se realiza de vez en cuando y se abandona; es un yihad ininterrumpido que debe durar cada momento, día a día y año tras año. Luchar por un día, dejar al yo sin vigilancia por un instante, destruye todo y desperdicia todas las ganancias obtenidas.
El Estado del Mutmainne y la Entrega Divina
Como resultado de este implacable yihad contra el yo, el yo mimado e insidioso se somete y alcanza el estado de "mutmainne" (tranquilidad). Un creyente que hiere al yo con la espada del Tawhid, lo derriba con la flecha del yihad y no elimina el temor a Dios de él, finalmente domina la boca del yo y toma sus riendas. En ese momento, es posible navegar por los mares, océanos y tierras sobre la espalda de este obediente yo. Alá se enorgullece del siervo que obliga a su yo a esta obediencia y lo incluye entre los elegidos de Su camino.

