Primer Paso: Alejarse de la Masa y del Pueblo (Halvet)
El viaje sufí comienza con que la persona primero se aleje del mundo exterior, del ruido de las multitudes y de los asuntos mundanos (uzlet/halvet). Abdülkadir Geylânî (r.a.) da al discípulo la siguiente orden impactante: “Deja al pueblo, vuelve a Dios. Que tu estación sea el umbral de la puerta de la cercanía de Dios.” Un siervo que desea alcanzar la verdad debe aislar completamente su corazón de las ambiciones mundanas, de los falsos amores hacia las criaturas y de los susurros del ego. Porque “mientras estés con el pueblo, no te será posible ver a Dios.” El corazón es como un recipiente; si está lleno de agua mundana, la luz del conocimiento no puede entrar en él. El halvet no es tanto encerrarse en cuatro paredes, sino cerrar el corazón a todo excepto a Alá (masiva).
Fundirse en la Progresión y la Cercanía a Dios
El siervo que abre su corazón solo al dhikrullah y a la contemplación divina durante el halvet, con el tiempo se purifica de las enfermedades de su ego. Allí saborea el estado de “no ser” (fena). Los miedos y las expectativas mundanas se disuelven y desaparecen. El siervo trasciende su propia voluntad y se somete completamente a la voluntad de Dios. Geylânî (r.a.), quien dijo: “Cuando trascendes al pueblo y a tu propio falso yo, serás contado como muerto”, anuncia que después de esta muerte espiritual vendrá una resurrección divina. En este estado, el siervo entra en un mundo de conversación e intimidad donde los secretos se revelan y las verdades se aprenden sin intermediarios. Ahora, él se ha convertido en un hombre perfecto, adornado con la moral divina.
Celvet: Regresar al Pueblo como Guía
Sin embargo, el verdadero objetivo del sufismo islámico no es esconderse para siempre en lo alto de una montaña. El ser humano perfecto, iluminado por la luz de Dios, regresa entre la gente (celvet) por orden y designio de Alá. Pero este regreso no es con su antiguo estado de negligencia, sino como un médico, un guía, un “advertidor”. Geylânî (r.a.) dice: “Después de haber alcanzado tu forma más madura, retírate a una esquina y siéntate allí, ahora sal, porque tu bien está en tu manifestación”, indicando que el ser humano perfecto debe ofrecer soluciones a los problemas del pueblo. Él comercia con su cuerpo entre la gente, forma una familia, conversa; pero su corazón nunca se separa por un momento de la presencia de Alá. Esta es la verdadera sabiduría: poder permanecer solo con Dios incluso en medio de las multitudes.

