Clásicos del Sufismo · junio 20, 2026

Ver a las Personas como Seres Efímeros: La Serenidad de una Vida sin Expectativas

La Decepción que Traen las Expectativas En la raíz de las mayores desilusiones del ser humano en este mundo yace el hecho de otorgar a otras personas un valor excesivo, como si fueran inmortales, poseedoras de poder …

La Decepción que Traen las Expectativas

En la raíz de las mayores desilusiones del ser humano en este mundo yace el hecho de otorgar a otras personas un valor excesivo, como si fueran inmortales, poseedoras de poder absoluto o incapaces de cometer errores (mirarles con el ojo de la baqāʾ —la subsistencia en Dios—). ʿAbd al-Qādir al-Gaylānī (que Allah esté complacido de él), elimina esta trampa psicológica y espiritual con la siguiente regla de oro: "¡Oh hijo! No mires a la gente con el ojo de la baqāʾ. Piensa que ellos desaparecerán; míralos así. No esperes de ellos beneficio ni daño. Conócelos como incapaces y humillados". Un creyente que acepta de antemano que las personas son efímeras, imperfectas y débiles, no se derrumba cuando no recibe lealtad de ellas, cuando es abandonado o cuando sufre una injusticia. Porque desde el principio es consciente de la naturaleza defectuosa de los demás.

Confiar Únicamente en el Eterno

Aferrarse a seres efímeros en realidad proviene de la falta de fe en Allah (tawhid —la unicidad de Dios—) en el corazón. El Maestro al-Gaylānī aconseja, en lugar de esperar algo de las personas: "Realiza el tawhid de al-Ḥaqq (la Verdad, es decir, Allah). Y confía (ten tawakkul —la confianza en Dios—) en Él". Quien sabe que todos morirán y que toda posición desaparecerá, no apoya su espalda en muros que se derrumbarán, sino que siempre se apoya en Allah, el Altísimo, que es el Eterno (al-Baqī) y el Viviente (al-Ḥayy). Tanto el bien como el mal de las personas sólo ocurren con el permiso de al-Ḥaqq; el verdadero Autor es Allah.

La Seguridad que Trae la Ausencia de Expectativas

Quien deja de esperar beneficio de las personas al verlas como efímeras y débiles, alcanza una serenidad y una claridad mental inmensas. No adula a nadie por su propio interés, ni teme la censura de nadie al defender la verdad. Esta elevada estación de istiġnāʾ (desapego, autosuficiencia espiritual) otorga al creyente respeto y dignidad incluso ante los ojos de los demás. Aquellos que apartan su qalb (el corazón) del tribunal efímero de las criaturas y lo fijan únicamente en la complacencia eterna de su Señor (riḍā —la complacencia con el decreto divino—), experimentan la libertad más inquebrantable del universo.