Trabajó como escriba de construcción en el palacio del califato. Su nombre verdadero era Abū Ṭālib Yaḥyā b. Saʿīd b. Ḥibatuʾllāh b. Ziyāde. En su tiempo en Irak, se le asignó la jefatura de cartas, construcción, retórica y elocuencia. Además de esto, también estaba versado en la jurisprudencia (fiqh) shāfiʿī, que había aprendido de Ibn Fadlān. También conocía muy bien las dos ciencias fundamentales de la aritmética (ḥisāb) y la lexicografía (lughat). Escribía poesía hermosa. Desempeñó muchos cargos y en todos ellos logró éxitos que se recuerdan con gratitud. Uno de sus bellos poemas es el siguiente:
“No desprecies ni menosprecies al enemigo.
Cuántas personas serias el tiempo ha engañado y hecho tropezar.
He aquí que el sol también se eclipsa y oscurece.
Aunque está tan alto, su cabeza y cola se vuelven invisibles.”
Este poema también le pertenece:
“Debido a la sacudida de los tiempos, los bajos ascienden. Por eso las calamidades se generalizan. Es como el agua quieta cuando se agita. Cuando se agita, la suciedad del fondo sale a la superficie.”
El siguiente poema se atribuye a Avvam b. Ziyāde:
“Busqué consuelo en el mundo, pero no lo encontré. Quien pone esperanza en el mundo nunca encuentra consuelo. Cuando aparté mi rostro de Él, encontré un estruendo en Su mar.
La gente se beneficia de mi luz, pero solo yo desaparezco. Como si yo fuera la mecha en la lámpara.”
Avvam b. Ziyāde falleció a la edad de setenta y dos años en el mes de Dhū al-Ḥijja de este año. Muchas personas asistieron a su funeral. Fue enterrado junto a la tumba de Mūsā b. Jāfir.

