Esta mujer era una de las ʿābid (adoradoras) que residían en La Meca y se dedicaba a la adoración. Se sustentaba con treinta dirhams que le enviaba cada año su padre con el dinero que ganaba tejiendo cestas. En una ocasión, su padre envió este dinero a través de uno de sus amigos. El hombre que entregó el dinero, con el fin de apoyar el sustento de esta mujer, añadió veinte dirhams de su propio dinero y le dio cincuenta dirhams.
Cuando la mujer sospechó de esta situación, le preguntó al hombre:
– ¿Añadiste tu propio dinero al dinero que me envió mi padre? Dime la verdad por el bien de aquel a quien estás realizando el ḥajj para ganar su complacencia.
– Sí, añadí veinte dirhams.
– Toma tu dinero y vete. No lo necesito. Si no lo hubieras añadido con la intención de hacer el bien, te habría maldecido. Porque me has dejado hambrienta este año, y hasta el próximo año, tu sustento no estará en otro lugar que en los basureros.
– Toma estos treinta dirhams que te envió tu padre. Puedes rechazar mis veinte dirhams.
– No, el dinero que me envió mi padre se ha mezclado con tu dinero, y no sé si tu dinero es lícito o ilícito.
El hombre dice: "Llevé ese dinero de vuelta a su padre. Pero él tampoco lo aceptó y me dijo: 'Oh hombre, me desobedeciste y no seguiste mi consejo, y has puesto a mi hija en dificultad. Toma este dinero y distribúyelo como sadaqa (caridad).'"

