Poseía una gran riqueza. Ocupaba un rango cercano al cargo de visir. Un día, mientras cabalgaba en su montura y pasaba con su séquito, escuchó a un hombre recitar la siguiente āyah al-karīmah (versículo noble):
“¿No ha llegado el momento para que los corazones de los creyentes recuerden humildemente a Allah y se adhieran sinceramente a la verdad que ha descendido de Él?” (al-Ḥadīd 57:16)
Al escuchar esta āyah, exclamó: “¡Oh Allah, sí, ha llegado el momento!” Repitió este grito y luego comenzó a llorar. Descendió de su montura, se quitó la ropa y la arrojó a un lado. Entró en las aguas del río Tigris, sumergiendo su cuerpo en el agua. Distribuyó toda la riqueza que había usurpado injustamente a otros a sus legítimos dueños. Dio el resto como sadaqah (caridad). Tanto que no le quedó nada. Un hombre que pasaba le dio dos prendas como sadaqah, que se puso antes de salir del río. Se dedicó al conocimiento y la adoración hasta su muerte. Que Allah tenga misericordia de él.

