Es adornarse con el conocimiento que rige los actos de adoración supererogatorios más virtuosos que acercan (a Allah).
En la ética, consiste en observar atentamente las primeras bendiciones que conducen a la walāya (amistad con Dios) y las gracias concedidas, otorgadas por el Noble Wasi (Hazret-i Vāsi-i atā). Aunque estas lleguen en forma de tribulación y desgracia, se debe, con incapacidad y modestia, aferrarse al shukr (la gratitud) y soportar la severidad y la aflicción con sabr (la paciencia); de hecho, incluso se debe estar complacido con que el nafs (el ego / alma inferior) sea castigado por el qadar (decreto divino), como corresponde, al contrario.
En la metodología, consiste en recurrir a las sutilezas de la etiqueta de la tariqa (una vía sufí), aplicarlas a la base de los preceptos de la sharia (la ley sagrada) y preferir la firmeza en la ʿazīma (adhesión estricta), así abandonando la elección de la ruhsat (dispensa). En los remedios, es examinar, a la luz de la basīra (visión espiritual), si la maʿrifa (el conocimiento de Dios) y la sabiduría han sido contaminadas por la sospecha y la imaginación, y distinguir entre la adivinación y la perspicacia espiritual (firāsa) a la luz de la sakīna (la tranquilidad). En los estados espirituales, es buscar la existencia del Amado en las bellezas de Su forma y observar las luces de los atributos relativos a los dones que provendrán del Amado.
En la walāya (amistad con Dios), es ascender del talwīn (cambio de estado en estado) al tamkīn (establecimiento, estabilidad en una sola estación), y elevarse del nivel del pensamiento al nivel de la percepción directa. En las ḥaqāʾiq (realidades), es separarse de ambos mundos y alcanzar el ittiṣāl (unión), la visión directa (muʿāyana) y la contemplación (mushāhada). En la etapa final, es pasar de la maʿrifa a la ḥaqīqa (la realidad interior), y de la baqāʾ (la subsistencia en Dios) al talabbus (revestirse del Ser manifestado, el Real, como un manto). (Jāmiʿ, 274)
