Allah, el Altísimo, ha dicho: «Y cuando Su manifestación apareció a la montaña, la hizo polvo, y Moisés cayó inconsciente.» (al-Aʿrāf 7:143) Heyemān es la pérdida del dominio de sí mismo debido al asombro y a la ḥayra (perplejidad). Este estado es, en cuanto a su continuidad, más constante, y en cuanto a su cualidad, más dominante que la dehşet (temor reverencial). Tiene tres grados.
El primer grado es el heyemān experimentado en el momento en que el aspirante, al dirigirse hacia la vía, contempla cuán vil es su propio valor, cuán baja es su estación y cuán insignificante es en cuanto a su valía, y percibe el primer destello de la gracia divina. El segundo grado es el heyemān que ocurre en el instante en que se presencian los destellos de fanāʾ (aniquilación en Dios) y maʿrifa (el conocimiento de Dios), cuando se manifiestan Sus pruebas, cuando se alcanza a Sus maravillas extraordinarias y al resplandor de Sus luces, y durante el choque de las olas pertenecientes al océano de la realización. El tercer grado es el heyemān experimentado cuando ocurre en el espejo de la pre-eternidad, cuando se presencia la qudra (el poder divino) eterna, y durante el ahogamiento en el océano del desvelamiento. (Manāzil, 34-35)
Heyemān es el exceso (es decir, la sobreabundancia) del amor esencial presente en todos los existentes. Este estado, debido a la petición de las manifestaciones de Su luz al Real (al-Ḥaqq), domina el espíritu del profeta Abraham. El heyemān en Abraham indica el flujo intenso de la maḥabba (amor) divina en su ser. (Sofyavi, 102)
