La aḥadiyya (la estación de la unicidad divina) requiere la ausencia tanto de los efectos como de los ámbitos de influencia de los nombres y atributos divinos. La wāḥidiyya (la estación de la unidad divina), en cambio, exige la aniquilación (fanāʾ) del mundo mediante la manifestación de los nombres y atributos de Dios, la rubūbiyya (señorío) la subsistencia (baqāʾ) del mundo, la ulūhiyya (divinidad) la aniquilación del mundo en el aspecto de subsistencia y su subsistencia en el aspecto de aniquilación. La ʿizza (majestad divina) requiere la negación de la relación entre Allah y la creación.
La kayyūmiyya (el atributo divino de ser Autosubsistente) exige la correcta determinación de la nisba (relación) entre Allah y Su siervo. Pues Kayyūm (el Autosubsistente) significa Aquel que existe por Sí mismo (subsistente por Su esencia), y cuya existencia es la base para la existencia de los demás; por lo tanto, se vuelve inevitable que se cumplan todos los requisitos aquí expresados.
Por consiguiente, decimos que, desde la perspectiva de la manifestación de la aḥadiyya, no se percibe ni atributo ni nombre. Desde la perspectiva de la manifestación de la wāḥidiyya, la creación no existe, pues esto es la propia kayyūmiyya de Dios.
Es un atributo que expresa la manifestación de Su poder al dar forma a cada ser existente. Desde la perspectiva de la manifestación de la rubūbiyya, existen tanto Dios como la creación. Este atributo es necesario para la existencia de ambos. Desde la perspectiva de la manifestación de la ulūhiyya, sólo existe Dios. Sin embargo, Su forma es la creación, y sólo la creación existe. Su significado interior, no obstante, es Dios. En la manifestación de la ʿizza, la nisba (relación) entre el siervo y Allah se anula.
Desde la perspectiva de la kayyūmiyya, para la existencia del atributo Rabb (Señor), debe haber una Esencia que sea aceptada como Señor. Por lo tanto, para que exista el atributo de Señorío, también deben existir atributos pertenecientes al ser sobre el que se ejerce el Señorío. (Decimos que) desde la perspectiva del nombre Ẓāhir (el Manifiesto), Él es la misma esencia de las cosas. Desde la perspectiva del nombre Bāṭin (el Oculto), las cosas no son Su misma esencia. (Insān, I, 12)
