y así se realiza la afirmación de aquello que no puede obtenerse por analogía. Incluso esta sola característica basta para que reconozcas la esencia de la profecía. (Munkiz, 147)
La fe en la profecía consiste en aceptar que existe un estado más allá de la razón. En ese punto, se abre un ojo para percibir cosas que el intelecto no puede comprender. Así como el oído no puede percibir colores, el ojo no puede percibir sonidos, y todos los sentidos no pueden captar los inteligibles, de igual modo lo que es percibido por el ojo no puede ser comprendido por el intelecto. Si (el filósofo) no considera posible tal cosa, ya hemos demostrado con pruebas que es posible, incluso que existe. Si lo considera posible, entonces hemos demostrado que existen estados denominados así, que el intelecto no solo nunca acepta ni siquiera como posibilidad, sino que más bien niega y juzga como imposibles. (Munkiz, 161)
El final de las estaciones del walī (amigo de Dios) es el comienzo de las estaciones del nabī (profeta).
La diferencia entre la profecía (nubuwwa) y la walāya (santidad) es la siguiente: La profecía es el kalām (palabra divina) y la revelación (waḥy) que provienen de Allah, acompañadas de un rūḥ (una brisa que se posa en el corazón, imposible de rechazar y que aporta tranquilidad) de parte de Allah. Allah completa Su revelación con este rūḥ. Su aceptación también proviene de Allah; el profeta acepta la revelación por medio de esto. Es obligatorio afirmar este kalām y revelación; quien los rechaza es un kāfir (incrédulo), pues ha rechazado el kalām de Allah.
La walāya, en cambio, es el surgimiento de un ḥadīth (palabra inspirada) a través de ilhām (inspiración) en aquel a quien Allah ha escogido como walī. Esto también proviene de Allah, según el lenguaje de la Verdad (ḥaqq), con una certeza incuestionable, pero en lugar de rūḥ, hay sakīna (un estado de tranquilidad y alivio, aunque no tan definitivo como el rūḥ). Allah infunde esta sakīna en el corazón del majdhūb (aquel arrebatado por Dios), quien la acepta y halla sosiego.
El kalām pertenece a los profetas (anbiyāʾ), y el ḥadīth a los santos (awliyāʾ). Quien rechaza el kalām es un kāfir, pues se opone a Allah y niega Su kalām y revelación. Pero quien niega el ḥadīth no es kāfir. Sin embargo, sufre daño y esto se convierte en una carga (vebāl) para él. Su corazón retrocede en rango. (Gunya, II, 162)
La profecía y la walāya están por encima de los límites del intelecto. El intelecto o bien guarda silencio sobre ellas o bien las afirma. El intelecto no ha traído nada que destruya el tawhid (la unicidad de Dios) ni ninguno de los pilares de la sharia (la ley sagrada). El pecado del oyente en el ámbito de la negación no es sino su debilidad en la afirmación. Esta cualidad le pertenece a él. El sufí está lejos de ser atribuido con esta cualidad. (Tadbīrāt, 117)
Los secretos de lo oculto (asrār al-ghuyūb) son de dos tipos: manifiestos (ẓāhir) y ocultos (bāṭin). Los manifiestos son conocidos por la gente de lo manifiesto si observan e investigan. Los secretos ocultos, sin embargo, no los conoce nadie.
